BUCEAMOS en los arrecifes de coral y vivimos la primera experiencia traumática del viaje
Después de tanto ajetreo nos merecíamos por fin un poco de descanso, así que reservamos un RV Resort (camping para autocaravanas con todas las comodidades disponibles) en los Cayos de Florida.
Pasando de nuevo por Miami para despedirnos de Anita llegamos hasta Islamorada, en mitad de los Cayos. Allí estaríamos en un camping llamado Fiesta Key usando un vale de dos noches gratis que nos dieron al comprar la autocaravana. Por supuesto elegimos el camping más caro que encontramos. 😉
El recinto estaba totalmente rodeado de mar, la “playa” era una zona llena de hamacas con una escalera directa al mar para zambullirte. Había también una piscina y dos jacuzzis que Nahuel disfrutó un montón, ya que no conocía el placer del agua calentita con burbujas.
Ese par de días nos vinieron de lujo para descansar de tanto conducir y para darle un buen empujón al blog. Además de disfrutar de unas puestas de sol espectaculares.
A la mañana del tercer día nos dirigimos a la que se supone es una de las mejores playas de los Cayos: Anne’s Beach. Por desgracia encontramos la playa cubierta de algas y no pudimos disfrutarla. Seguimos nuestra ruta hacia el norte atiborrándonos en Mrs Mac’s Kitchen, un restaurante decorado estrafalariamente donde comimos nuestro primer Lemon Pie y y descubrimos el eucalipto arcoiris (o un primo hermano) que tenía el tronco de tonos verdes y anaranjados.
Nuestro próximo destino en los cayos fue el John Pennenkamp Coral Reef State Park, donde se encuentra el tercer arrecife de coral más grande del mundo. Llegamos justo a las tres de la tarde y perdimos el barco que te lleva a hacer snorkel al arrecife, así que alquilamos una canoa con la intención de ver preciosos corales… No solo fue un timo sino que además vivimos nuestra primera experiencia traumática del viaje.
El paseo es ridículamente corto y nada recomendable si tu intención es bucear, ya que vas entre manglares y sin poder alejarte de la costa. Al final paramos en una zona relajada y cerca de la playa para enseñar a Nahuel a usar sus gafas y tubo nuevos. Una mezcla de creatividad e inconsciencia se apoderó de Javier —el cual dicho sea de paso tiene el título de buceador avanzado desde hace mogollón de años. Obviando la primera regla del buceo —”nunca toques NADA”— recogió una esponja rojiza del fondo marino y empezó a presumir de que ya tendría una esponja natural para poder ducharse. Todos la cogimos para verla y luego la soltamos.
Al minuto, Nahuel empezó a llorar y a gritar que le picaban las manos, que le picaban mucho, y venga a berrear. Itahisa comenzó a sentir lo mismo, no tan horriblemente pero la percepción del dolor y sobre todo a lo desconocido en cada uno es un mundo. A todo esto, nuestra canoa se alejó de nosotros hasta llegar a la orilla y nos vimos en la tesitura de estar con Nahuel o irnos a buscarla. Todo un drama.
Al final dejamos al pobre y dolorido Nahuel —que aguantó como un campeón— agarrado a una boya y nadamos a toda velocidad a buscar la canoa y traerla vuelta. Regresamos a por él y conseguimos subir todos a la canoa sin volcar. Todo un show para quien nos viera desde fuera.
Al devolver la canoa preguntamos sobre la esponja de marras y nos contaron que, efectivamente, es venenosa y mejor no tocarla. Por suerte el picor duraría solo una hora. Es como si te picara una medusa. Imagínate que coges una medusa con todo tu amor para espachurrarla pues así le dolerían las manos al pobrecito de Nahuel.
A todo esto, Javier no tenía picor alguno. Siempre pagan justos por pecadores…
Como no queríamos que Nahuel se quedara con esa terrible experiencia, decidimos hacer noche en el parque para ir a hacer snorkel al día siguiente. Teníamos que liberar nuestro cuerpo de la tensión ocasionada y nos encontramos una palmera con unos cuantos cocos en el suelo. Con toda la ilusión y machete en mano Itahisa empezó a darle al coco hasta que de un golpe inesperado se abrió. Así que al menos merendamos coco rico y jugoso.
Por la mañana tomamos un barco hasta el arrecife y por fin conseguimos bucear. Nahuel al principio se agobió un poco, pero en cuanto consiguió sincronizar la respiración disfrutó muchísimo de la experiencia del buceo. Vimos corales y peces de colores, langostas enormes escondidas entre las rocas, caracolas del tamaño de un volante de coche y hasta una barracuda que hizo que Itahisa se fuera corriendo hasta el barco —o sea, nadando rápido— asustada como si hubiera visto un tiburón. El capitán del barco le confirmó que era inofensiva y volvió al agua sin pensárselo dos veces.
Sin duda fue una experiencia inolvidable para todos que esperamos repetir muchas más veces a lo largo del viaje. De ahora en adelante, eso sí, sin tocar absolutamente nada.
Nombre del post: «En los cayos de Florida»
Ciudades: Islamorada, Key Largo, FL
Pernoctas: Fiesta Key RV Resort (mapa), John Pennenkamp Coral Reef State Park (mapa)
Canción del día: Under the sea – The little mermaid BSO







estoy siguiendo a mi sobrina junto a su compañero y su hijo en un viaje alucinante, estoy tan emocionada y tan feliz de verlos así
Menuda historia la de la esponja!!
Me encanta vuestro viaje y vuestras historietas, que bien lo pasàis.
Besos y seguid disfrutando
¡Gracias Irma! Un beso desde Philadelphia.
Desde luego vais a tener anécdotas para escribir un libro.Me encanta leer vuestras aventuras.
Para el próximo snorkel…
https://www.decathlon.es/mascara-de-buceo-easybreath-azul-innovacion-id_8304664.html
😉