GRATAMENTE SORPRENDIDOS por la oferta cultural y belleza de Washington D.C., donde pasamos más días de los que teníamos previsto a pesar de dormir en un lugar inesperado
Cuando pensamos en Washington D.C. nos viene a la mente esa explanada enorme de césped con un obelisco en medio, la estatua gigante de Abraham Lincoln mirando desde muy arriba, el Capitolio con sus columnas y la Casa Blanca con su inquilino de turno. Nos imaginamos a Martin Luther King clamando que tiene mucho sueño —“I have a dream!”— o a la novia de Forrest Gump atravesando un estanque que cubre hasta las pantorrillas.
Esa planicie se conoce como el National Mall, y allí pasamos cuatro días acampados en nuestra autocaravana. ¿Glamour? El justo y necesario: fue nuestra primera experiencia durmiendo —literalmente— debajo de un puente.
Comenzó el mes de septiembre amaneciendo en el Shenandoah National Park. Todavía con el pijama puesto, Nahuel sacó el percusionista que lleva dentro y construyó una batería con los troncos en los que nos habíamos sentado la noche anterior. ¡Nos dejó a todos boquiabiertos con su ingenio e iniciativa! Si bien es verdad que sus dotes rítmicas aún pueden mejorar, disfrutamos de un solo matutino que nos puso las pilas a todos.
Tras un par de horas de carretera llegamos a Washington D.C con el tiempo justo para que Nerea, la hermana de Itahisa, tomara un bus hacia Nueva York. A medida que nos íbamos acercando a la gran ciudad, nos preocupaba cómo íbamos a manejarnos con la autocaravana entre el tráfico y, sobre todo, dónde podríamos aparcarla. En esto que llegando a la estación de L’Enfant vemos que debajo de un puente hay unas furgonetas de operarios sobre la mediana. Sin pensarlo dos veces plantamos allí mismo nuestra casa rodante y no la moveríamos de allí en los próximos días.
A pesar de lo ruidoso y feo que pueda resultar, dormimos bastante bien. Tuvimos la suerte de que esa noche cayó una tromba de agua que de haber estado a la intemperie nos hubiera hecho pasar una noche muy ruidosa, ya que la lluvia provoca un gran estruendo sobre el techo de la autocaravana. Algo inaudito fue que no vino ningún policía amable a mandarnos de paseo en todo ese tiempo. Y lo mejor de todo es que estábamos a apenas cien metros del National Mall. ¡Así sí!
El National Mall es perfecto para el caminante: es plano, las distancias son largas y hay mucho que ver —aunque no todo sea interesante. La primera tarde paseamos hasta el extremo oeste donde se yergue el Lincoln Memorial. Desde su silla gigante, el apacible Abraham tiene las mejores vistas de toda la explanada. Lástima que al ser una estatua no las pueda disfrutar.
Al otro lado del estanque hay un monumento dedicado a las víctimas norteamericanas de la Segunda Guerra Mundial. Fue inaugurado en su día por George W. Bush, un presidente muy versado en eso de las guerras.
En medio del Mall apunta hacia el cielo el obelisco del Washington Monument, cuyo ascensor encontramos en obras —se podrá volver a subir en 2019— y desde el que se ve un precioso atardecer.
A apenas unos metros queda la Casa Blanca, pero no la visitamos por falta de interés. Nahuel mientras a lo suyo: montarse en el tiovivo, comprar palomitas de maíz a los palomiteros y que le mirásemos mientras daba volteretas en el césped, eran su máxima prioridad.
Algo a lo que dedicamos mucho tiempo fue a visitar los museos que rodean el National Mall. Todos los museos son GRATIS y hay para todos los gustos. De hecho fueron los museos los que nos retuvieron en Washington más de lo previsto. Sin duda un destino perfecto para ir en familia y gastar poco dinero —sobre todo si duermes debajo de un puente.
Un rápido resumen de los museos que visitamos sería este:
- Museo Aeroespacial: un repaso a la historia de la aviación, con maquetas en tamaño real de aviones míticos y un cine IMAX. Lo que más nos sorprendió fue un prototipo del primer avión de la historia construido por los hermanos Wright.
- National Gallery of Art: dos edificios componen este museo —uno incluye obras más clásicas y el otro más modernas— que cuenta con cuadros que van desde Leonardo Da Vinci y Rembrandt hasta Picasso y Matisse. Nos pareció interesante la sección de pintores clásicos americanos, ya que son autores que apenas sí se encuentran en las grandes pinacotecas de Europa. Hay un bonito jardín con esculturas entre los dos edificios.
- Museo de Historia Natural: ideal para los más pequeños, es un repaso de ciencias naturales en toda regla. Cuenta con fósiles y ejemplares vivos del mundo animal, además de una colección de minerales y priedras preciosas espectacular. Nos fascinó una sala dedicada únicamente al narval, el unicornio marino.
- Museo de Arte Afro-Americano: pequeñito, cuenta con obras de artistas africanos asentados en EEUU.
También nos alejamos del National Mall para pasear por el barrio de Georgetown. Comenzamos junto a dos cementerios de frondosa vegetación y vistosas tumbas situados al norte del barrio. Después callejeamos por sus tranquilas y ajardinadas aceras, engatusados por lo bonitas que eran sus casas, todas grandes y diferentes. Hay mucha vidilla en las calles principales, repletas de negocios y bares. Muy recomendable para pasar la tarde.
En definitiva, pasamos unos días muy agradables en Washington: nos dio mucho más de lo que nos esperábamos. ¡Y casi somos capaces de escribir este post sin nombrar ni una sola vez a Donald Trump!
Nombre del post: «Durmiendo debajo de un puente en Washington D.C.»
Pernoctas: Debajo de un puente en L’enfant (mapa)
Canción del día: Under the Bridge – Red Hot Chilli Peppers










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