GRATAMENTE SORPRENDIDOS por la oferta cultural y belleza de Washington D.C., donde pasamos más días de los que teníamos previsto a pesar de dormir en un lugar inesperado
Cuando pensamos en Washington D.C. nos viene a la mente esa explanada enorme de césped con un obelisco en medio, la estatua gigante de Abraham Lincoln mirando desde muy arriba, el Capitolio con sus columnas y la Casa Blanca con su inquilino de turno. Nos imaginamos a Martin Luther King clamando que tiene mucho sueño —“I have a dream!”— o a la novia de Forrest Gump atravesando un estanque que cubre hasta las pantorrillas.
Esa planicie se conoce como el National Mall, y allí pasamos cuatro días acampados en nuestra autocaravana. ¿Glamour? El justo y necesario: fue nuestra primera experiencia durmiendo —literalmente— debajo de un puente.
